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El río

​ El río anunció despedida, y lo hizo por todo lo alto, arrastrando tras de sí los pastos con el ganado que pacía, el pastor con su gayata, y el mastín, que al patear sin descanso salió a la orilla, siendo el único testigo de aquel estropicio. Ni pastor, ni ganado, ni pasto. Sólo él. Añorado, gimió y se recostó sobre el barro. Suerte que fue despedida.  En lo más alto, las compuertas lo aniquilaron. Ya no sería río. Eso suponían. Las grandes tormentas volverían. Sus meandros recuperarían a trazos lo que en un pasado fue remanso.

Soledad

​ Ella se sentía tan sola que ni siquiera se molestaba en subir las persianas, cuando despertaba y empezaba el nuevo día. Aunque saliera de casa, para lo más preciso, apenas intercambiaba un saludo, más allá de Buenos días, y no por propia iniciativa. Todos aquellos que habían sido parte de su vida, ya no vivían. ¿De qué le valía una larga vida, si vivirla era como arrastrar la roca montaña arriba, igual que el mito de Sísifo? Muchas veces se hacía esa pregunta. Ya no tenía ganas de nada. Nada le sorprendía. Ese instinto que le impedía dar fin. Hacía tiempo que ni siquiera un animal de compañía le servía. El último fue Juanito. Un periquito que la tenía de cháchara todo el día, hasta que enmudeció y quedó tieso sobre la alfombra. Tan bien que lo pasaban los dos, haciéndose fotos en distintos momentos del día. ¿Para qué buscarse otro? No quería dejarlo solo y desvalido. Así llevaba años.  Siempre creyó que pronto la palmaria, pero no. Ni pandemias ni hambrunas. Resistía. ¡Qué fastid...

Gótico

 De todos los silencios, el suyo me llegó a mí. Me atravesó. Sentí un dolor físico que me descompuso y quedé petrificado.  Estaba en el templo, de rodillas, rezando ante el altar; pero le vi en otra dimensión. Fue algo tan volátil, que cuando quise mirar desapareció. La tenue luz caía sobre el primer escaño de madera. Un escalofrío me advirtió y salí precipitado sin pensar. Sentí el peligro. Ya en la calle, antes de girar para otra, miré al cielo y allí un nubarrón se cernía sobre el edificio tragándolo con lo que creí eran unas fauces. Te lo cuento, después de haberlo querido olvidar, porque tengo una esquirla en el pecho que debo sanar. Necesito compartir mi carga. Este hábito de monje y la cruz de madera nada consiguen aplacar.

Respeto

 Aquel día amaneció como uno cualquiera. La luz invadió el paisaje y la vida se activó de nuevo. Los pájaros con sus notas alegres, a oídos de quien párase atención, porque el mundo se precipitó en una sinfonía de ruidos inconexos y prisas. La tarde llegó como siempre y la noche cubrió su ceguera compensada con leds imitando una falsa copia de luz. Acostarse y esperar la calma evasiva, ni con trucos y pócimas. El sueño consciente estaba allí. Un mundo paralelo habitado de espectros y terroríficas criaturas. Avispas al acecho en tropel. Cuando despertara su cara marcada de múltiples punciones espantaba ante el espejo. Sólo él podía verlo. Anidaba bajo piel la esencia de una mugre nocturna. Cada día se hacía más sitio en ese pozo profundo del que ya no quería salir. Una mano tendida le acarició la mejilla. Él la miró con extrañeza. ¿No veían sus pupas y caídas mejillas? ¿Cómo no se alejaban de él? Le lavaban y refrescaban su piel. En un banco de un parque cubierto de mugre hallaron a...

Obsesión

  —Mañana podrá comprarle sus malditos cuadernos. —¡Qué poca paciencia! —Hubo festivos por medio. —Hoy salen del almacén y mañana los tenemos a su disposición. Hay seres en el universo que no advierten que hay muchas maneras de decir las cosas. Esa no era, precisamente, la mejor. Si hubiera sabido la urgencia del chico, incluso habría dado el paso de ir expresamente a buscárselos.  Aquel chico quería cuadernos de cuadrícula. Con tapas de cartón. Los agotaba. Su actividad consistía en poner un punto de color en cada uno de los cuadrados que tenía la página. Lo cierto es que había una armonía cromática. Su voracidad no tenía límites. Su padre ya no sabía dónde poner toda esa producción. Cajones y cajones la albergaban. Apilados hasta el techo. ¿Cómo solucionarían ese exceso? El hijo tenía doce años. Desde antes de los tres manifestó un apego por matices distintos de una gama u otra de color.

Un final (un camino un sueño)

  Al bien el mal siempre le mira de cara, pero sin ver más allá. Levitaban las almas sobre sus ramas acodadas en cúpula. Los cuerpos no despertaban. Sobre el camino, una vez quedaron todas esas criaturas en hibernado estado, una enredadera espesa confundía. Si se seguía, su maraña atrapaba al incauto. La muerte sobre él se cernía. Incauto, digo bien, porque las mujeres no se metían. Así quedaron por siglos. No se supo nunca de que allí hubiera habido vida. Las historias de dragones lo intuían, pero eran meras fantasías.

Un camino un sueño (revisado)

  _Espera, no te alejes. No ves que entre la maraña puedes perderte._ Decía una anciana siguiendo con apuros a un muchacho que apenas si la tenía en cuenta.  _Ya llegarás._ Pensó él sin parar cuidado.  _Siempre te andas quejando y nunca me pierdes de vista._ Estas fueron sus últimas palabras.  Ella llegó al lugar de dónde la voz provenía.  _¡Som!_ Gritó desesperada, mirando a uno y otro lado.  _No te escondas que ya es tarde.  ¡Som!  Venga, deja de enredar y sal de una vez._ Así pasó largo rato a la espera del muchacho que no daba señales de vida.  Se cerró la noche sobre ella y desesperada no oso moverse quedando sobre el mismo suelo arrodillada a la espera de quien mucho tiempo estaría extraviado.  Lloró y se lamentó, incluso se enfadó. Al fin quedó dormida y el frío de la noche y la vejez la dejó para siempre allí, perdida.  _¡Maitina!_ Le decían, cuando en la mañana la encontraron quienes fueron a buscarlos....