3 oct. 2016

La gayata

La gayata
¡Una gayata!

Me duele el alma. La calma que aparento es sólo aparente.

He visto sus miradas y me he sentido tan mal, que hubiera gritado: ¡Basta! No es justo. Ellos tanto y yo nada. 
La juventud. No saben que pasa de largo, que  para cuando quieres darte cuenta te faltan fuerzas y la salud se rompe. Que cada mañana es un surtido de pastillas para darle al motor para que arranque.

Camino despacio, aguantando mi cuerpo con este pilar que sujeta mi mano. Si lo soltara, no daría muchos pasos, aunque erguido parezca que es mero ornato.
Me negaba, no quería bastón, señal y signo de mi condición. Mi hijo se empeñó. Me lo regaló. A él me ató. Tan bueno que era ese contacto en su brazo, para pasear y hablar con él de tiempos pasados, de aquello que si no nombro parece que nunca ocurrió.
Me dijo que así se sentía seguro de que no tropezaría o caería. Debió cansarse de sostenerme y acompañarme. No me quejé. No dije lo que en mi cabeza gritaba. En mi fuero interno despotricaba. Mi cabeza o mis tripas, porque sentí que me descomponía, que se me oprimía el pecho, que me ablandaba por dentro, descomponiendo todo mi cuerpo. Un dolor seco. Un desaliento. Mis ojos no daban crédito. 
¡Una gayata! Viejos recuerdos. A mi padre, también, se la regalamos, en unos reyes, pensando que ya era viejo y le iría bien; pero yo no lo soy tanto, aún puedo. ¡Qué se creen, que a este viejo no le entran ganas! 
Casi me meo. Sólo me hubiera faltado eso. Qué vergüenza, si hubiera mojado. Entonces, sí que no me libro. Hace tiempo que insisten en que me ponga un pañal para salir a la calle. ¡Pañal! ¡Qué se creen! Aún puedo controlar la bragueta. Hace un rato he desahogado en la farola que dejo atrás. No me ha visto nadie. Eso creo. Y si así ha sido, que aguanten. Ya soy viejo. Que no me cambien. Estas canas bien valen licencia.

Esa chavala que me ha mirado con desprecio, ya verá ella cuando le toque, ¡si llega! Porque a ellas se les suelta antes. A mi mujer hace tiempo que la martiriza el susodicho pañal. Cuando va al aseo, no llega a tiempo, por el camino va perdiendo, y ese pañal que tanto le incomoda no aguanta todo lo que ella suelta, así que gasta mal genio. Menudo carácter. Me aparto y distraigo, o me hago el dormido, para aliviarle la afrenta; pero el carácter se le ha avinagrado. Como para arrumacos. No hay quien lo aguante. Bien se me vale que yo me doy algún alivio, porque a ella no hay quien se acerque. Para arrumacos la tengo. Ni hablar. No sé cuando lo intenté, pero me soltó un bufido. Tan cariñosa y alegre que era antes. La vejez es un infierno.

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