10 nov. 2011

Libélula



Te mira en su verde luz.
Entra en tus neuronas verdeciendo tus pensamientos.
Cuando duermas, niña, vendrá a verte con su velo transparente.
Y te llevará en su montura al verde horizonte de la Luna.





Le hablaba.
¡Sí!
Lo hacía.
Cuando en la noche todos dormían.
Xorxe esperaba a que el silencio quieto se adueñara de las estancias de la casa.
En ese momento, podían sentirse los pasos del último transeúnte en la calle.
Los gritos de algún pequeño grupo.
Pero en la casa, todo era silencio.
Los ratones arañaban sobre el sobretecho.
No tenía miedo.
No sabía que era eso.
Salía descalzo y se acercaba al alfeizar de su ventana.
Fuera invierno o verano.
Lo hacía desde que los padres separaron la habitación que compartió primero con su hermana. Lo hicieron abriendo dos puertas y una ventana para la estancia que a ella le quedaba asignada.
La suya seguía siendo la misma.
La que se abría a un cielo estrellado en las noches de verano.
La que tintineaba cuando las gotas de lluvia la envestían.
La que se empañaba cuando en el frío invierno él reseguía trazos con sus diminutos dedos.
Era verano, cuando una libélula se posó sobre el cristal rasgado.
No recordaba cuando se había quebrado, pero no le importaba.
El frío no le amilanaba.
Una libélula se posaba en el foco que la luna dejaba.



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