2 ago. 2016

CAMINO



CAMINO
Arrastro mi suela sobre el suelo de esquirlas.
Marcho ilusionada, dejando atrás un pasado que quiero limpiar con ilusión y esperanza.
He quedado sola.
Amarga fue la pérdida, pero mi alegría es sentirme viva, y saber que hice más de lo que nunca hubiera imaginado. Que el destino me puso a prueba.
Mi camino no tiene fin. No sé a dónde me llevará, pero mi equipaje está libre de lastres.
Pasé por un pueblo en fiestas, y compré los últimos globos que un payaso vendía.
Me miró, y sentí que me los ofrecía.
Hacía tanto que nadie me miraba hasta dentro del alma.
No tuve hermanos. Mis padres marcharon antes de que los identificara.
Mis abuelos paternos se hicieron cargo de mí. Me lo dieron todo.
Cuando creyeron que comprendería, me explicaron lo que había sucedido.
Papá y mamá me habían dejado con ellos, para que pasara unos días en su compañía. Ellos debían volver a sus responsabilidades. Trabajaban los dos. Hubo un accidente en la autovía por la que pasaban, y una explosión de un camión cisterna les alcanzó.
No lo recuerdo. Puedo reconstruir ese pasado con imágenes del recuerdo de mi abuelo Tomás, que siempre contenía las lágrimas cuando me lo explicaba.
Mi abuela Aurelia, escuchaba en silencio y me apretaba contra su pecho. Yo sentía un profundo dolor, su emoción entraba en mi corazón.
Cuando advertía mi tristeza, me miraba fijamente a los ojos, y me decía que yo era un regalo.
Mis ancianos abuelos se han ido. Dicen que es ley de vida, pero no entiendo eso.
He cerrado la casa, vendiendo todas sus pertenencias y he decidido conocer lo que vaya descubriendo en mi caminar.
Estudié. Con muy buenos resultados. Ellos estaban orgullosos.
Quiero ser artista. Si encuentro alguna tribu que se dedique a artes malabares y circenses, me gustaría unirme a ellos. Por eso voy siguiendo caminos de pueblo en pueblo, buscándolos en esos encuentros festivos.
© Ana M Sancho Biesa

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