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Relato del 23 de junio del 2026

​ Fue la Luna que se ocultó esa noche en que ocurrió. Los cantos de los gallos matutinos despertaron a la población. Era agosto de siega. En la noche se trabajó bajo los faros de la maquinaria y soportando su calor. En esa madrugada los labradores volvían. Otros hacían café de puchero. El panadero y ellos tenían sueño. Se irían a dormir lo perdido en la sofoquina de esa noche sin luna. —Juana, despierta que hay que repartir pan y bollos por la comarca. —Ya voy papá —respondía, mientras se asomaba tras la ventana para verse con su galán. Lorenzo, el buen mozo, volvía descamisado, secándose el sudor con el brazo, mirando a ese cristal que la tenía detrás. Chispeaban sus ojos. Los corazones querían volar. Nada más. Detrás de los visillos aquellas mujeres calculaban y tejían tramas sobre su moral. Las fiestas del pueblo, patrón y santo de su mozo, les permitiría el abrazo distanciado al bailar. Esa tarde, prepararía las tortas de cazuela que tanto éxito tendrían, en su pueblo y en los de l...

El hilo

​ Se rompió el hilo. Estábamos siguiéndolo. A partir de ese momento tocó improvisar. Sin planos, era difícil saber cómo llegar. Por la mañana se hicieron grupos. El nuestro salió el último. Quien lo guiaba tenía claro a dónde nos llevaba. Éramos diez. Cuando nos dimos cuenta, antes de mí y detrás solo había uno. Los tres teníamos que intentar seguir, o retroceder. No nos poníamos de acuerdo. Por mi parte, seguí.  Con cierto enfado, me apresuré y los dejé allí. Seguiría mí intuición. Un error. Anocheció y paré. Esperaría al nuevo día. Sigo perdido. Los caminos me llevan a lugares sin gente. No consigo saber si avancé o retrocedí. Mis víveres empiezan a escasear. Este planeta no tiene norte con el que me pueda guiar. Hace no sé si días o no, he reducido el consumo de mis recursos al mínimo.  No dejo huellas, ni veo rastros de los demás. Empiezo a plantearme entrar en letargo en una de las rendijas de las rocas desnudas que me rodean. Pero me espanta pensar ser pasto de alimañas ...

El río

​ El río anunció despedida, y lo hizo por todo lo alto, arrastrando tras de sí los pastos con el ganado que pacía, el pastor con su gayata, y el mastín, que al patear sin descanso salió a la orilla, siendo el único testigo de aquel estropicio. Ni pastor, ni ganado, ni pasto. Sólo él. Añorado, gimió y se recostó sobre el barro. Suerte que fue despedida.  En lo más alto, las compuertas lo aniquilaron. Ya no sería río. Eso suponían. Las grandes tormentas volverían. Sus meandros recuperarían a trazos lo que en un pasado fue remanso.

Soledad

​ Ella se sentía tan sola que ni siquiera se molestaba en subir las persianas, cuando despertaba y empezaba el nuevo día. Aunque saliera de casa, para lo más preciso, apenas intercambiaba un saludo, más allá de Buenos días, y no por propia iniciativa. Todos aquellos que habían sido parte de su vida, ya no vivían. ¿De qué le valía una larga vida, si vivirla era como arrastrar la roca montaña arriba, igual que el mito de Sísifo? Muchas veces se hacía esa pregunta. Ya no tenía ganas de nada. Nada le sorprendía. Ese instinto que le impedía dar fin. Hacía tiempo que ni siquiera un animal de compañía le servía. El último fue Juanito. Un periquito que la tenía de cháchara todo el día, hasta que enmudeció y quedó tieso sobre la alfombra. Tan bien que lo pasaban los dos, haciéndose fotos en distintos momentos del día. ¿Para qué buscarse otro? No quería dejarlo solo y desvalido. Así llevaba años.  Siempre creyó que pronto la palmaria, pero no. Ni pandemias ni hambrunas. Resistía. ¡Qué fastid...

Gótico

 De todos los silencios, el suyo me llegó a mí. Me atravesó. Sentí un dolor físico que me descompuso y quedé petrificado.  Estaba en el templo, de rodillas, rezando ante el altar; pero le vi en otra dimensión. Fue algo tan volátil, que cuando quise mirar desapareció. La tenue luz caía sobre el primer escaño de madera. Un escalofrío me advirtió y salí precipitado sin pensar. Sentí el peligro. Ya en la calle, antes de girar para otra, miré al cielo y allí un nubarrón se cernía sobre el edificio tragándolo con lo que creí eran unas fauces. Te lo cuento, después de haberlo querido olvidar, porque tengo una esquirla en el pecho que debo sanar. Necesito compartir mi carga. Este hábito de monje y la cruz de madera nada consiguen aplacar.