Relato del 23 de junio del 2026
Fue la Luna que se ocultó esa noche en que ocurrió.
Los cantos de los gallos matutinos despertaron a la población.
Era agosto de siega. En la noche se trabajó bajo los faros de la maquinaria y soportando su calor.
En esa madrugada los labradores volvían.
Otros hacían café de puchero.
El panadero y ellos tenían sueño. Se irían a dormir lo perdido en la sofoquina de esa noche sin luna.
—Juana, despierta que hay que repartir pan y bollos por la comarca.
—Ya voy papá —respondía, mientras se asomaba tras la ventana para verse con su galán.
Lorenzo, el buen mozo, volvía descamisado, secándose el sudor con el brazo, mirando a ese cristal que la tenía detrás.
Chispeaban sus ojos. Los corazones querían volar. Nada más.
Detrás de los visillos aquellas mujeres calculaban y tejían tramas sobre su moral.
Las fiestas del pueblo, patrón y santo de su mozo, les permitiría el abrazo distanciado al bailar.
Esa tarde, prepararía las tortas de cazuela que tanto éxito tendrían, en su pueblo y en los de la redolada.
Su pueblo no tenía historia. Levantado tras la contienda, se había improvisado la fiesta, imitando a la capital.
La fiesta grande y la pequeña. Una para la siega, con el «trigo trigo», y la otra para la vendimia.
Ella y su padre eran nuevos vecinos. La madre murió de parto, y el padre la crío entre las masas y el horno.
Si quiso saber, él no soltaba prenda.
Nadie más.
Había quedado el horno sin que nadie lo llevara. Su padre se ofreció y lo admitieron por compasión. Un viudo con una criatura les ablandó.
Lorenzo tenía otro hambre. La sació en el pajar, en esa noche festera en que ella se dejó arrastrar.
Juana volvió a casa, flotando y temblando. Con su sabor en la boca y su flor abierta y llena.
Pasaron otras lunas. Las justas.
Su cuerpo decía, ella lo desdecía.
Tenía vergüenza de lo que no sabía. Una madre le habría abierto los ojos.
Ya no se asomaba tras el cristal. Cuando Lorenzo miraba, veía el ventanuco sin dejar a la vista quien detrás imaginaba.
La señalaban, menospreciaban y mal miraban.
Él empezó a dudar.
—A saber. Esa…
De pelandusca para arriba.
Su padre no sabía cómo enfocar el desmán. No le pidió cuentas. No le recriminó. Lo temible era para él el respeto de los demás. Su hija pudo no tener la fuerza para negarse.
Lo peor estaba por venir. Una criatura entre sacos de harina era alegrías y risas; pero aquellos hombres se acercaban con descaro a la pobrecita. Para ellos, disponible y dispuesta.
Eso era demasiado.
—Mira, hija, si empezamos sin nada, podemos volver a intentarlo. Hay ciudades, donde las gentes viven y dejan vivir.
Y una noche sin Luna, sin aviso previo, cargaron cuatro cosas en el carro y tirando de él salieron a buscar el ferrocarril, que les llevaría a esa ciudad próspera, con una canasta por cuna y poco más.
Lorenzo se lo perdió. Ese hijo varón que acabó en otro país y no le necesitó.
A las jóvenes no se les engaña con facilidad, y ninguna quiso festejar con persona capaz de dejar de lado a la madre de su hijo.
Se volvió huraño, malcarado y taciturno.
No se lo decían, pero el vacío lo sufría.
No eran tiempos fáciles para llegar a acuerdos matrimoniales. Él iba cargando la mancha de una infamia.
—A ese, ni mirar. Por muchas fanegas de trigo que pueda segar.
—Sabes. Mariano, el de la Pilar, ha venido a darse una vuelta para poner en orden la herencia, y cuenta que el panadero y su hija andan bien por esas tierras lejanas. Que ella casó con un contratista y viste de buen paño, y que su chaval va a un colegio selecto de la capital.
—¿Volver? No hay a donde. Hija, tú eres consecuencia del amor. A tu madre la rechazaron por unirse conmigo. Era hija del amo, y yo uno de sus criados. Lo dejó todo por nosotros. Tú estabas de camino, pero las fiebres del parto nos la arrebataron.
Juan, el padre de Juana de las piedras hace pan. Era tan capaz que nada se le ponía por delante. Huérfano de guerra fue yendo de uno a otro oficio. Cuidando ganado. Ordeñando. Recogiendo las uvas para el vino. Labrando. Incluso amasando de aprendiz poco antes de entrar al servicio de la familia de María Paz, la mujer de su vida. Primogénita de una familia que no le daría la hacienda por ser mujer. Que si casaba tenía que ser con hombre del mismo nivel, porque sería él quien gobernara sobre los campos de trigo, la viña y el olivar y almendros.
La harina del trigo tenía que pasar por la autoridad. Afines al régimen, no les daban tanto mal.
María Paz bordaba y rezaba de un devocionario en tapas de cuero labrado, en el patio de la hacienda o al resguardo.
Él la veía hermosa. No podía evitarlo. Si nadie estaba por allí la saludaba, quitándose la gorra con respeto y atravesando su alma con la mirada.
Si él no aparecía en el momento esperado, ella se inquietaba. Se había acostumbrado a esa caricia de ojos verdes plateados.
María Paz y Juan se empezaban a amar. Pronto no supieron disimular. Se buscaban con la mirada, pero no les bastaba.
Él estaba dentro, en las habitaciones de servicio. Ella, como hija de la casa, en su posición tuvo que dar ese paso. A él se acercó.
Intimaron de inmediato. Era mucho fuego contenido, que en el roce de la piel explosionó.
Eran amantes, a los ojos del mundo.
Pronto el disimulo no bastó.
Los padres de ella lo echaron a patadas. Ella, con lo puesto fue tras él, sin importarle opinión. Un cura los casó, porque ante Dios, ellos mismos ya se habían prometido amor eterno y sin fisuras.
Como marido y mujer, fueron a la casa familiar, y los padres no los quisieron aceptar. Marcharon. Con una mano alante y otra atrás, y con la promesa inquebrantable de no separarse nunca. Que entonces ese vínculo nadie lo podía desarmar.
Engracia, la ama seca que había dado su leche tras un parto fallido, para que ella no chupara del de su madre, les tendió una mano. De pobre, pero leal.
En su casa, baja con dos estancias, los instaló y cuido de la sentía hija hasta que en ese parto perdió la vida.
Y de lo que fue, el lector puede sumar.
En el futuro inventado, el abuelo ve a la siguiente generación, en que una réplica exacta de su amor le alcanza.
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