26 mar. 2012

El abuelo

El abuelo

Ha pasado la noche.
A penas he pegado ojo.
Las toses del abuelo me han preocupado.
Nunca hubiera imaginado que tendríamos que vivir a su cuidado.
Eso que le habíamos llevado a la residencia.
Pero no pudimos seguir costeando el pago.
Eso fue lo primero.
Después nos llegó el paro.
Los niños empiezan a preguntar porqué no tienen aquellas pizzas que pedíamos los sábados por la noche, para tomarlas mientras veíamos las programaciones que a ellos más les gustaban.
El abuelo está en casa.
Vino contento.
Con su maleta y su despertador.
A él le han gustado siempre los relojes. Es algo que nunca le he preguntado, pero me gustaría saber porqué les tiene tanta afición.
Monopoliza el mando a distancia.
Sólo quiere ver documentales e informativos.
Allí lo dejamos solo, mientras nos metemos cada uno en nuestro rincón.
El mío, la cocina.
Allí tengo mi despacho.
Cuando no fregoteo y guisoteo, me entretengo con sopas de letras y escribiendo.
No me conecto a internet.
Hemos reducido gastos.
Le cogí gusto a escribir y eso me entretiene a ratos.
Escucho la radio.
Me gusta seguir las conversaciones y debates.
No sé de qué parte ponerme.
No acabo de estar de acuerdo con ninguna de las opiniones.
Tocaba ir a votar.
No lo hemos hecho.
Siquiera hemos pensado en que nuestra papeleta podría tener algún valor.
Nos sentimos fuera de todo.
Para celebrar el domingo he hecho lentejas.
Al abuelo le han encantado.
Nos hemos quitado el hambre.
Y de postre un pastel elaborado con galletas y chocolate.
Los peques me miraban y reían.
Se pasaban la lengua por el bigote.
Lo agradecían.
Todo lo que sea laminear les seduce.
Ya no hay chuches.
Tenemos que mirar de llegar a fin de mes.
Para los seiscientos y pico del abuelo hay que hacer malabares.
Suerte que, mientras hay clases, la Paqui y el Nani tienen comida en el cole. Una beca que nos concedieron y con suerte mantenemos.
Ha habido otros que la han perdido.
José está menos adaptado.
No acaba de encontrarse.
Sale temprano y vuelve a la hora de comer.
Siempre que le pregunto, de dónde viene contesta que de por ahí.
No compra el periódico, pero lo trae.
Debe cogerlo de algún sitio.
A él se le terminó el paro.
A mí me cae alguna hora de limpieza.
Ahora tendrán que hacerme contrato, y eso parece que tira para atrás a quienes me la ofertan.
El abuelo me preocupa.
Si se muere, nos quedamos con el culo al aire.
La ropa de los crios me la pasan en el colegio, madres que tienen otros que crecen y les queda pequeña, pero empieza a escasear porque somos muchos los que tenemos necesidad.
El padre de mi marido tiene buen carácter, pero traga. Come casi la mitad de lo que preparo.
Para que llegue a todos añado pan y patatas.
El pan seco es lo que uso para aumentar el bulto.
Tortillitas de miga y huevo, con medida de cuchara, en salsa de tomate, hace las delicias de todos.
De la carne, la cosa se complica.
Empanarla hace que aumente la sensación y produzca saturación.
Malos tiempos nos vienen.
¿Cómo mantener al abuelo?
Renquea y está viejo.
Longevos nuestros ancianos nos sacan de apuro, pero su cabo es corto y la crisis no promete receso ni recuperación.
Mi cuñada nos mira de reojo.
Quisiera llevárselo.
Quién hubiera dicho que por el abuelo fuéramos a discutir con quien iba a quedar, queriéndolo tener.
Ella aún tiene media jornada.
Le he propuesto hacer comida juntos, para ahorrar.
Se lo está pensando.
Aquí somos cinco, y ellos tres. Para ocho podría sacarle jugo a la olla. Los días de fiesta y vacaciones escolares. Los otros seriamos cinco.
Ella aportaría lo suyo y yo guisaría.
A ver si la convenzo y avanzamos.
La casa es del abuelo.
De él pasara a los hijos.
Podemos empezar a compartir y convivir.
Será como en otros tiempos en que la familia amparaba a todos sus miembros.
La familia somos nosotros, ellos y él.
¡Que nos dure!

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